viernes, 12 de octubre de 2007

Firme como la piedra



Pedro viajó aproximadamente 9 meses y medio; no quería regresar de donde nunca había partido... seguramente por el miedo a la reacción de sus padres. Su padre perseverante, digno de una pericia y agilidad pocas veces vista en asuntos cotidianos, acompañaba siempre, en todo momento y experimentaba en muchas ocasiones, los suntuosos sentimientos que se proliferaban en el alma de su mujer... ella en cambio ávida de miedo e incertidumbre, se transformaba, día tras día para enamorarse de aquella incertidumbre y desconocimiento que tanto miedo le producía... pero firme, siempre firme a los embates anímicos. Su relación se construía a partir de la sobre-determinación afectiva, el complemento amoroso de uno hacia el otro, terminaba por plasmarse en ambos.
Quizá por el miedo y la incertidumbre Pedro se retrasó unos días, quizá aquel sentimiento de miedo y sorpresa le tocaba ahora en lo más profundo de su ser... y por esta razón su viaje cósmico les serviría a ellos para adentrarse en el bosque de sorpresas que su llegada producía... ahora el jovencito comprendía que -como la muerte en la agonía- su arribo sería el único remedio para aquella inescrutable incertidumbre.
Aquel día la ciudad se vestía de blanco y abrigaba armoniosa y sosegadamente su presencia. Aquel día tempestuoso, de nubes y nieve que no dejaban ver las estrellas... esas estrellas que Pedro había recorrido y conocido de forma intensa. Aquel día había elegido Pedro para comenzar un nuevo viaje... Decidido finalmente, aquella madrugada eternáuntica aterrizaba en los brazos de ella y bajo la cálida mirada de él, el pequeño comenzaba aquella ardua aventura, aquel extenso viaje, el de la vida...

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