
Sintió el leve susurro de una fría y húmeda brisa... Aspiró desmesuradamente por última vez y su cuerpo extasiado, cayó pesadamente sobre el suelo de aquel gigantesco salón...
Carlos Robira tenía 46 años y nada por delante; regresaba como cada día desde hacía 27 años de luchar... de luchar contra un sistema que no le abría paso a su dignidad.
Una vez al año, durante los primeros días de Abril, Carlos sentía el frío abrazo de la muerte... sentía morirse en vida. Sin embargo aquella torturante sensación menguaba gradualmente. Dos meses más tarde, durante el mes de Junio crecía en él un intrépido ímpetu por hacer de su vida, una vida normal y corriente como la de cualquier hombre de su edad. Pero la desilusión se tornaba inevitable, sin dignidad y sin reconocimiento regresaba por las noches, a aquel enorme galpón donde un plato de comida y "la 649", su cama, le daban la "bienvenida"...
Como aquella noche del 1982, regresaba cada noche en aquel ómnibus de traumas. La clara, trémula y tétrica luz iluminaba el ensordecedor silencio y la soledad iluminaba la desilusión de ser recibido simplemente por nadie. Como aquella pálida noche de Junio regresaba sin pena ni gloria a ningún lugar. Entonces, era el momento de su dosis, de hacer de aquella noche una noche más; una noche mágicamente blanca. Era el momento de deshacerse del escarmiento que le había tocado vivir y que aún persistía en él.
Carlos Robira tenía 46 años y ya no quería arribar cada noche indiferente, sin pena ni gloria. Aquel joven que tanta crueldad y muerte había presenciado, y que tantas otras vidas había ayudado a salvar, ahora decidía dar su vida por él...
Carlos Robira tenía 46 años y nada por delante; regresaba como cada día desde hacía 27 años de luchar... de luchar contra un sistema que no le abría paso a su dignidad.
Una vez al año, durante los primeros días de Abril, Carlos sentía el frío abrazo de la muerte... sentía morirse en vida. Sin embargo aquella torturante sensación menguaba gradualmente. Dos meses más tarde, durante el mes de Junio crecía en él un intrépido ímpetu por hacer de su vida, una vida normal y corriente como la de cualquier hombre de su edad. Pero la desilusión se tornaba inevitable, sin dignidad y sin reconocimiento regresaba por las noches, a aquel enorme galpón donde un plato de comida y "la 649", su cama, le daban la "bienvenida"...
Como aquella noche del 1982, regresaba cada noche en aquel ómnibus de traumas. La clara, trémula y tétrica luz iluminaba el ensordecedor silencio y la soledad iluminaba la desilusión de ser recibido simplemente por nadie. Como aquella pálida noche de Junio regresaba sin pena ni gloria a ningún lugar. Entonces, era el momento de su dosis, de hacer de aquella noche una noche más; una noche mágicamente blanca. Era el momento de deshacerse del escarmiento que le había tocado vivir y que aún persistía en él.
Carlos Robira tenía 46 años y ya no quería arribar cada noche indiferente, sin pena ni gloria. Aquel joven que tanta crueldad y muerte había presenciado, y que tantas otras vidas había ayudado a salvar, ahora decidía dar su vida por él...
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