lunes, 16 de julio de 2007


Relato de una reflexión

Doña Azucena cumplía cada día con su objetivo... decía emprender un viaje todas las tardes, donde nadie más que ella, sus deseos insatisfechos, miedos e inseguridades la acompañaban. Su travesía comenzaba en la oscuridad, una oscuridad muy particular... oscuridad invisible a los ojos de cualquiera, pero no a los de aquella anciana que veía en las sombras del olvido el reflejo de una “vida” que jamas había sido...
La Doña -como le decían sus hermanas- decía haber muerto... exclamaba siempre: “el día en que no lo vi nacer, el mismo día, mi vida se arraigó a la muerte, y como una enredadera que asfixia y oprime a un árbol, mi vida acabó...”
Azucena no tenía edad, su rostro cansado expresaba una vida colmada de muerte y sufrimiento...
Hija de un mundo cruel y despiadado, madre de nadie y abuela de quién sabe que precioso ser, reclamaba para sí tan sólo lo que le correspondía...
Aquel viaje que emprendía era signo de una dolorosa y esperanzada búsqueda altruista que renovaba en ella algún minúsculo lugar de luz dentro de tanta penumbra, y lúgubres recuerdos...
El 30 de abril Azucena moría... Fernando la descubría, y la anciana, antes muerta en vida, volvía a la vida...



A 30 años de comenzada su lucha, un pequeño “homenaje”, para ellas que prodigan el amor y el perdón, la búsqueda de la verdad y la vida, luego de tanto atropeyo y manoseo, de tanta burla y menosprecio... para ellas... mi humilde reconocimiento, para “las madres del amor”.

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