
Relato de una reflexión
Doña Azucena cumplía cada día con su objetivo... decía emprender un viaje todas las tardes, donde nadie más que ella, sus deseos insatisfechos, miedos e inseguridades la acompañaban. Su travesía comenzaba en la oscuridad, una oscuridad muy particular... oscuridad invisible a los ojos de cualquiera, pero no a los de aquella anciana que veía en las sombras del olvido el reflejo de una “vida” que jamas había sido...
La Doña -como le decían sus hermanas- decía haber muerto... exclamaba siempre: “el día en que no lo vi nacer, el mismo día, mi vida se arraigó a la muerte, y como una enredadera que asfixia y oprime a un árbol, mi vida acabó...”
Azucena no tenía edad, su rostro cansado expresaba una vida colmada de muerte y sufrimiento...
Hija de un mundo cruel y despiadado, madre de nadie y abuela de quién sabe que precioso ser, reclamaba para sí tan sólo lo que le correspondía...
Aquel viaje que emprendía era signo de una dolorosa y esperanzada búsqueda altruista que renovaba en ella algún minúsculo lugar de luz dentro de tanta penumbra, y lúgubres recuerdos...
El 30 de abril Azucena moría... Fernando la descubría, y la anciana, antes muerta en vida, volvía a la vida...
A 30 años de comenzada su lucha, un pequeño “homenaje”, para ellas que prodigan el amor y el perdón, la búsqueda de la verdad y la vida, luego de tanto atropeyo y manoseo, de tanta burla y menosprecio... para ellas... mi humilde reconocimiento, para “las madres del amor”.
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